-El era un chico tímido, feliz, solitario y misterioso, a pesar de todo eso no era antisocial. Mucha era la gente que le había insultado por ser como era, mucha era la gente que le había incluso pegado, el ya estaba cansado. Su sonrisa era enigmática, eso hacía ver que escondía un secreto...
Poca gente le conocía verdaderamente, los que lo hacían, preferían no contar mucho sobre el.
Nada hacía presagiar que lo que os voy a contar ocurriría, pero, desgraciadamente, ocurrió.
Su felicidad era la tapadera de lo que verdaderamente se escondía en su ser.
Todo ocurrió el día menos esperado. Cansado de los insultos, otro día más, el Señor Feliz se dirigía al instituto. Otro empujón más al montar en el autobús, otra zancadilla al entrar en el comedor.
Su raía contenida podía salir en cualquier instante, nadie sabe como, pero todos sabían que ocurriría.
De camino a su casa se dirigía, horas antes de que la campana del instituto lo indicara. Lágrimas en sus ojos y un puño cerrado con fuerza expresaban exteriormente lo que por dentro sentía.
Entró en su casa, vacía, ya que a esas horas sus padres trabajaban. Fue directamente a su cuarto, rebuscó en sus cajones y finalmente encontró lo que buscaba.
Rápidamente emprendió su camino de vuelta al lugar donde debía estar, el instituto, pero no con los fines de estudio que correspondían...
Un estruendo resonó en el pasillo, alumnos y profesores se apresuraron a las puertas de las clases, asomados, sorprendidos, asustados; demasiadas emociones, demasiada gente.
El Señor Feliz empuñaba su bate de baseball, golpeaba repetidamente las taquillas, partiendo las vitrinas de trofeos, explotando los extintores y haciendo sonar las alarmas.
Ningún profesor se atrevía a hacer algo para conseguir que parase.
Cansado, el Señor Feliz soltó su bate, se arrodilló y puso las manos tras la cabeza. Rompió a llorar. Varios profesores se abalanzaron sobre el, la policía llegó. En el despacho del director conversaban intentando buscar respuestas; el Señor Feliz se sentía atrapado; tuvo una idea, malvada, nadie dijo nunca que las ideas debieran de ser buenas.
El Señor Feliz se abalanzó rápidamente sobre el único policía que había en la sala, cogió su pistola y disparó. Disparó sin más, el director y el policía yacían muertos en el suelo. Continuó disparando, matando a sus compañeros, quienes le habían insultado. Y así continuó, disparando, hasta que fue reducido por la policía.
El Señor Feliz lloraba, sonreía, se sentía bien tras haber devuelto el daño sufrido, iría a la cárcel pero en paz consigo mismo. Tendría la vida que siempre había soñado, sin nadie que le insultara ni le hiciera daño.